* Cada vez que viajo sola, la gente se acerca a preguntarme si necesito algo e intenta cuidarme. Esto suele pasarme más en América Latina y Asia y menos en Europa, pero es casi una constante. Solo por ser extranjera y estar sola, mucha gente me regaló comida, me invitó a sus casas, me acompañó a tomarme un medio de transporte, me ayudó a encontrar calles, me hizo regalos, me ayudó con el idioma y me trató como a una hija. Tengo un montón de madres y hermanas sustitutas por el mundo.
* Cuando viajo sola me resulta muy fácil hacer Couchsurfing o ser alojada espontáneamente por la gente local, y de esto me di cuenta gracias a un chico que también viajaba solo haciendo couch. Me dijo: “Te envidio, para ustedes las chicas es tan fácil conseguir sofá. Te dirán que sí los hombres, te dirán que sí las mujeres, te dirán que sí las familias. Todos confían en una chica. Yo, en cambio, tengo que mandar al menos veinte solicitudes para que alguien me acepte”. Supongo que esto varía de chico a chico (Antonio nos contará su versión), pero es cierto que siendo mujer estas cosas son más fáciles. También me lo dijo Steve McCurry (¡sí!) cuando lo entrevisté en Buenos Aires, poco antes de irme a Asia:—¿Cómo hace para sacar fotos tan íntimas de la gente, para tener acceso a sus casas?
—La gente me invita. Es muy fácil, y para vos va a ser mucho más fácil porque sos mujer, ya vas a ver.
—La gente me invita. Es muy fácil, y para vos va a ser mucho más fácil porque sos mujer, ya vas a ver.
No le creí. Y tenía razón.
* Cuando viajo sola, nunca estoy sola (a menos que quiera). Al contrario, estoy tan abierta y receptiva ante el mundo que me resulta mucho más fácil conocer gente que si estoy viajando con alguien. Suelo quedarme en hostels o en casas de familia, y en ambos casos es muy fácil interactuar con otros viajeros y con la gente local. Y para esto no hay que ser súper simpática ni hablar hasta por los codos: suele ser al revés, es la gente la que se me acerca, por curiosidad, a charlar conmigo.
* Cuando viajo sola me siento libre. Cien por ciento libre de hacer lo que quiera, de elegir a dónde ir, de decidir cuánto tiempo quedarme, de rodearme de gente o pasar la tarde sola, de caminar, de leer durante horas, de escribir.
* Cuando viajo sola estoy mucho más despierta. Por un lado, porque tengo que cuidarme sola y eso ya me hace estar atenta, y por otro, porque no tengo mi enfoque puesto en otra persona —como un compañero de viajes— sino en todo lo que me rodea. Suele ser cuando más escribo, ya que absorbo todo como una esponja.
* Una de las cosas que más me gusta de viajar sola es lo fácil que me resulta entrar en contacto con las mujeres locales. Hay culturas donde los roles están muy marcados y donde, si estás viajando con un chico, las mujeres no se te acercan. Me pasó, por ejemplo, en Marruecos. Viajé casi dos meses, gran parte con mi amigo Andi, y cada vez que salí a caminar sin él, las mujeres marroquíes me sonrieron, se me acercaron para charlar y hasta me agarraron del brazo —sin pedirme permiso ni perdón— y me llevaron de paseo con ellas. Esas cosas me encantan y solo me pasan cuando estoy sola.
* Relacionado con lo anterior, al viajar sola descubrí que existe mucha solidaridad entre las mujeres de todas partes del mundo: hay como un acuerdo silencioso de cuidarnos entre nosotras. Si bien fui ayudada por familias y por hombres, siempre sentí que las ayudas más grandes las tuve de otras mujeres.
* Viajar sola me ayudó a confiar aún más en mi intuición. Chicas, tenemos un arma muy poderosa: nuestro sentido común. Y viajando aprendí a guiarme casi siempre por él: si una situación me genera una sensación mala o rara, por lo que sea, intento irme. Y, al contrario, si una situación que a simple vista puede parecer sospechosa no me da desconfianza, me quedo. Hasta ahora no me equivoqué casi nunca. Y no es un superpoder selectivo: todas lo tenemos.
Qué otra ventaja agregarías tu?
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